Dijous, 13 d'agost de 2020 - Edició 749
La República

Los inmigrantes del tren borreguero se hacen independentistas: mecanoscrito del segundo orígen (2/4)

Un día, mi padre nos fue a recoger corriendo al colegio, pero no parecía él… era el 23 de febrero de 1981. ¡¡Menudo drama vivimos en casa!! Verlo enganchado a […]

Da Victus
Da Victus 17/06/2015

Un día, mi padre nos fue a recoger corriendo al colegio, pero no parecía él… era el 23 de febrero de 1981. ¡¡Menudo drama vivimos en casa!! Verlo enganchado a la radio, escuchando marchas militares, y llorando… sí, sí, mi padre llorando. ¡Inolvidable! Antes de conocer a mi madre, mi padre había sido legionario, por tanto, sabía perfectamente lo que aquellas músicas significaban. Y que ahora este estado de derecho ampare a un personaje como Tejero y le permita denunciar a dirigentes catalanes porque le da la gana, o a Girauta decir que la ANC prepara un golpe de estado… como diría mi añorado Pepe Rubianes “¡manda huevos!”. Por cierto, aun nadie ha conseguido llenar el hueco dejado por Pepe, ahí lo dejo.

Mi familia “catalana”, mis hermanos y yo visitábamos periódicamente a la familia de Granada, donde éramos hospitalariamente atendidos, de la misma forma que si siempre hubiésemos vivido allí. De hecho dormíamos y comíamos en sus casas, reíamos, nos bañábamos con mangueras en medio de la calle, nos quemábamos al sol, y lo pasábamos bien. Cantábamos y bailábamos sevillanas, aunque nunca nos habían atraído especialmente. Aun así, todos los recuerdos y vivencias ya estaban en Barcelona. La familia de Granada hacía tiempo que había abandonado las cuevas y vivía en unos pisos de la capital. Ellos también habían prosperado.

Pero el tiempo pasaba, y yo y mis hermanos crecíamos, estudiábamos en una escuela pública de Barcelona de finales de los años 70 y principios de los 80, donde todo se impartía en castellano (incluido el catalán), y nos formábamos como personas en la cultura del esfuerzo y en el respeto a la diversidad como valores inexcusables, y siempre en un ambiente 100% castellanoparlante, típico de la transición y la inmigración de la época.

Recuerdo que todos los veranos nos embarcábamos en nuestro flamante Seat 124 lleno de trastos, regalos y dinero para la familia, como si la familia no se pudiese valer por si misma para vivir (mi abuela lo había hecho ¿por qué ellos no podían hacer lo mismo?). El viaje era infumable: 12 horas bajo un sol de justicia que hasta fundía los cassettes. Por cierto, íbamos todos apiñados en el 124 (personas, trastos, y dinero), ¡¡y sin aire acondicionado!! Nunca comprendí por qué éramos nosotros los que teníamos que emprender semejante calvario pero la familia de Granada difícilmente nos devolvía las visitas. A día de hoy esto no ha cambiado excepto escapadas a médicos y cirujanos catalanes de reconocido prestigio.

Aquello de llevar regalos siempre me pareció una buena costumbre, sobre todo teniendo en cuenta que literalmente vivíamos y éramos acogidos durante unos días en régimen de todo incluido en casas que no eran las nuestras, pero continuo sin entender por qué teníamos que llevar dinero para todas las familias, cada una de ellas con entre tres y ocho hijos… ¡casi ná! Siempre me preguntaba por qué mi abuela había hecho un camino tan difícil para ella y sus hijos, y tenía que ayudar a aquellos que habían escogido un camino sin tanto sufrimiento. ¿Por qué de cada una de aquellas familias no trabajaban más de una o dos personas? ¿Por qué no decidían hacer algo diferente para disponer de mayores recursos económicos? ¿Por qué no necesitaban buscar trabajo? ¿Por qué no venían a Barcelona a ganarse la vida como nosotros? ¿Por qué eran felices si no tenían para comer? ¿Por qué siempre podían tapear y tomar cañas? ¿Por qué ellos no pagaban hipoteca y nosotros sí? ¿Por qué siempre tenían dinero aun trabajando lo mínimo? ¿Por qué ellos tanto y tan fácil, y nosotros tan poco y tan difícil?

Pronto supimos que muchos pisos eran de protección oficial, entregados gratuitamente por las administraciones. También supimos que a menudo no pagaban la luz, ni el agua, ni el gas; cuando llegaba el cobrador se juntaban todas las mujeres de las fincas, y lo echaban a la calle por poca vergüenza ¿cómo se atrevía a cobrar a los pobres que tenían que malvivir en un piso de protección oficial? Era un ritual admitido por familias, suministradores, cobradores, y administraciones, sucedía todos los meses, era como un juego. También supimos que los que no trabajaban tenían alguna subvención “in eternum”, algunos de ellos llegaron a tener hasta tres tipos de subvenciones diferentes, y se mostraba como todo un éxito: “¡Pero qué espabilados que somos, hombre! ¡Esto es vida!”. Al menos es lo que explicaban con orgullo. Fue entonces cuando comprendimos porqué eran tan felices y se sentían cómodos con su situación de aparente necesidad, siendo del todo innecesario buscar trabajo o venir a Barcelona, y hacer lo mismo que hizo mi abuela: no lo necesitaban, pagaba alguien llamado Estado. A nosotros nadie nos lo había presentado, o no éramos conscientes de conocer al tal Estado. Era una sensación extraña pues eran nuestra familia y les deseábamos lo mejor. Lo que sí tenían claro mis padres era que a largo plazo aquella situación no podía ser buena ni para ellos ni para nosotros.

Yo y mi familia pasamos tiempos de crisis que afectaron nuestro día a día. Aun hoy recuerdo la cantidad de veces que tuve que bajar a la lechería de debajo de casa y pedir fiada una botella de leche porque en casa no había ni un duro (el Euro aun no había llegado). La historia de mi abuela se repetía. Fue entonces cuando volvieron cada vez con más fuerza aquellas preguntas: ¿Por qué en Barcelona tenemos que trabajar durísimo y la familia de Granada no? ¿Por qué estamos hipotecados hasta el punto de tener que pedir fiada la leche, y la familia de Granada no? ¿Por qué ellos tienen tapas y cañas, y nosotros solo podemos salir a pasear? ¿Por qué ellos tienen hasta tres pagas y a nosotros nos deniegan cualquier tipo de ayuda porque somos propietarios de un piso (¡¡pero si el piso no es nuestro, es del banco!!)? ¿Por qué después de emigrar, sufrir, trabajar durísimo, y pasar todo tipo de penurias se nos castiga premiando a los que ya han sido premiados? ¿Por qué les tenemos que enviar dinero y no ellos a nosotros? ¿Por qué además los gobernantes andaluces nos llaman insolidarios? ¿Quién es ese personaje llamado Estado? ¿Qué cojones está pasando?

El paso del tiempo puso de manifiesto algo totalmente natural: las formas de pensar y de actuar de la familia andaluza y la nueva familia catalana eran diferentes, cada vez más, hasta el punto de no tener nada en común excepto los vínculos de sangre, el parentesco , y el buen gusto por las tapas que allí se hacían. Pronto, muy pronto, sucedió algo bien natural, y es que la gente percibe nuestros propios cambios antes que nosotros mismos nos demos cuenta de ello. Así, éramos ya “los catalanes”, de hecho nos comportábamos como tales aunque no éramos del todo conscientes, percibíamos que cada vez “pintábamos menos” en Granada.


Mis hijos y sus primos son la primera generación de la familia escolarizada bajo el paradigma de la inmersión lingüística en catalán. Aun así, hacen servir el castellano como primera lengua en responder y les cuesta enormemente mantener una conversación en catalán sin mezclarlo con el castellano. Hace justo un par de años no dábamos crédito al escuchar decir a un tal Wert que quería castellanizar a los niños catalanes. Probablemente quería decir prohibir el catalán pero no se atrevió. ¿Por qué mis hijos hacen servir el castellano como primera lengua? Es muy fácil de entender para aquellos que quieren escuchar: el castellano es la lengua predominante en buena parte de la sociedad catalana, y lo es sin ningún tipo de conflicto con el catalán, por mucho que se empeñen el tal Wert y sus amiguetes. Yo y mis hermanos vivimos en Barcelona y pueblos de los alrededores con nuestras parejas, el entorno habitual es de dominio castellanoparlante, incluido el laboral, y el 90% de los canales de TV son íntegramente en castellano. Por tanto no es necesario que nos castellanicen por ley, el entorno lo hace a cada minuto del día.

Recuerdo que poco después de que el aun hoy ministro Wert dijese en el Congreso que nos quería castellanizar, estuve en casa de mi madre para comer, y tuve la siguiente conversación con ella:

  • – MAMA: Hola niño ¿cómo estás? (dos besos).
  • – NIÑO: Bien ¿y tú?
  • – MAMA: Bien. ¡¡He entrado en los chinos y he comprado una bandera!!
  • – NIÑO: Pero ¿qué bandera has comprado, la del escudo?
  • – MAMA: Esa que lleva una estrella.
  • – NIÑO: ¡¡¡No jodas, mama!!!
  • – MAMA: ¡¡Calla y cuélgamela en el balcón ahora mismo, estoy hasta el coño de esta gentuza que nos quiere castellanizar y se nos quiere llevar de vuelta a Andalucía!! Niño, esta vez sí que voy a votarlos.
  • – NIÑO: Mama, corrige tu lenguaje. ¿A quién vas a votar?
  • – MAMA: ¿A quién va a ser niño? A los que nos hagan independientes. Esto que están haciendo no es bueno ni para nosotros ni para la familia de Granada. ¿Quieres sopa?
  • – NIÑO: Sí claro, pero ¿me vas a poner algo más, no?
  • – MAMA: Zzaassss (colleja). ¿Pero tú de donde te crees que soy yo? ¡¡No pasarás hambre!!
  • – NIÑO: Dame la estelada que la cuelgo … ¡lista!

Ya está. Lo hago por el futuro de mis hijos, que es exactamente lo mismo que hicieron nuestros abuelos por nosotros, y por el futuro de mi propia familia de Granada, pero por encima de todo por respeto a la memoria y al esfuerzo de mi madre y de mis abuelos, expulsados de su tierra. Los gobernantes de Madrid dejaron su amada Andalucía en manos de los “señoritos”, cosa que solo les dio miseria, disgustos, y un montón de desgracias, y ahora los pisotea por vivir en Cataluña y sentirse catalanes. Cataluña les dio trabajo, respeto y prosperidad, para ellos y sus familias.

 
Sin respeto ni consideración por las creencias y sentimientos de los otros no hay posibilidad de convivencia sana. Para vivir con dignidad y tener la oportunidad de un futuro mejor, tanto para nosotros como para nuestra familia de Granada, no hay otra alternativa que emprender un viaje duro pero valiente al mismo tiempo, tal como hizo mi abuela hace más de 50 años, como el que hacen todas las parejas que no se entienden: el camino hacia la independencia es la única alternativa para garantizar que nadie nos falta al respeto, ni a nosotros, ni a nuestros hijos, ni al esfuerzo realizado por nuestros mayores.

La independencia no es ruptura. La independencia es por encima de todo respeto, respeto y dignidad personal y colectiva, tanto de los que vivimos en Cataluña como de nuestra familia de Granada y del resto de España, y una enorme oportunidad de un futuro mejor para todos. ¡Os queremos!
 

¡No te pierdas la primera parte de esta historia, te encantará!

 

Relacionats