En les últimes setmanes han proliferat les crítiques contra Jan Laporta, President del Millor Barça que ha vist aquesta redacció. Se l’acusa de barrejar futbol i política. El caspós subhumà de les anxoves -i exmembre del sindicato vertical- va criticar el president blaugrana, i un ex-pepero que hui fa de president extremeny pel braç polític dels GAL va demostrar com es separa política i esport dipositant un article al prestigiós rotatiu Marca. De forma sorpresiva, els analfabets funcionals de la premsa esportiva barcelonina, amb el desconeixement de tot allò que no sigui un calçotet suat que els caracteritza, es van sumar a les crítiques contra el president.
Per això és oportú i necessari, i més tenint en compte el servei públic que és el Rival Petit, rememorar un article de Manuel Vázquez Montalbán a la revista Triunfo a finals dels anys 60, i que es titulava com aquest post. El reproduïm a continuació, en el ben entès de que hui segueix tenint la mateixa vigència, si no més, que en el moment en què fou escrit, com feliçment ha entès el president Laporta. Si algú té problemes o no entèn alguna cosa que perdi tota la vergonya, i que no dubti a fer-se de l’Apañó. Aquí va:
Es un rumor inicial que culmina en estrépito. Las gentes salen a los balcones a presenciar el espectáculo de cincuenta, setenta, noventa mil personas que inundan todas las calles y avenidas que llevan al Nou Camp. Primero han ido llegando de uno en uno, de cinco en cinco. Ahora es un olear de cabezas agitadas por la prisa de los pies. La gente desde los balcones mantiene una sutil sonrisa en los labios: tal vez se burlen de los que van al fútbol, tal vez los envidien. De momento, la sonrisa les sirve para mantener una máscara de espectadores en su palco de renta limitada, una máscara llena de civilización, de inviolabilidad de territorio soleado y digestivo, el territorio de una hogareña tarde de domingo.
En la calle, los coches encallados por las gentes y las gentes encalladas por los coches, componen una fotografía. Sus movimientos se han detenido y en sus rostros puede leerse qué esperan de esta propicia tarde de fútbol. El anciano que asiste cada domingo para confirmarse a si mismo que nadie ha conseguido superar a Piera, Sancho o Samitier; la señora casada que lamenta el corte de patillas de Fusté; la joven emancipada que tiene incluso una teoría freudina-heideggeriana sobre el estar-en-el-campo de Gallego; el oficinista con cuatro años de bachillerato que acude al campo para dar una lección crítica a los espectadores de las cercanías; el niño que utiliza la camiseta azulgrana como atuendo para estar por casa y tiene en su habitación un póster del equipo (ese póster que siempre se deja a uno o otro de los preferidos, ése injusto póster que traicionó la circunstancial lesión de Fulanito); al acuarentado hombre que acude al campo para reñir a los jugadores y compensar lo reacios que son a las broncas de sus propios hijos… Tópico, podrá decirse. Tipología espectadora de esta clase se ve en todos los campos de fútbol de España. Pero aguarden. No sean impacientes. En los ojales de muchas de estas personas que avanzan hacia el Nou Camp hay un escudo de cuatro barras rojas sobre fondo amarillo. ¿A que esto no lo han visto en otros campos de España? Incluso algunos niños agitan banderitas triangulares con idénticos colores. Las gentes hablan mayoritariamente en catalán, en una ciudad en que, según últimas y cultas estadísticas, hay un 40 por ciento de castellano parlantes. Aunque ese 40 por ciento sea engañoso, porque precisamente ahí, junto al quiosco, entre el grupo que espera la señal del urbano para cruzar, surgen extrañas voces de lengua no menos extraña:
“Ecorta tú, abui chuga el Fucté?”
Es la versión xarnega de: “Escolta tú. Avui juga el Fusté” (“Oye tú, ¿hoy juega Fusté?”). También este público seria insólito en cualquier otro campo de España. Como serían insólitos esos coches que pugnan por pasar entre el alud de cuerpos humanos impenetrables y que en el cristal trasero, sostienen el reclamo: “Parleu català” (Hablad catalán). En muchos de esos coches tiembla lentamente (la marcha es lenta) la bandera del Barça y la de Cataluña. Pregunten al público. Casi todos sabrán contestar que Wilfredo el Velloso, en fin (dejémonos de bromas verbales) Guifré el Pilós fue quien diseñó esta bandera. Aquel heroico grafismo, tan distante de los que disfrazan Tuset Street, se hizo a base de cuatro dedos entintados de la sangre del Pilós y después pasados, con empaque histórico, sobre la pulimentada cara de un escudo. Les sorprendería la capacidad de recuerdo de estas gentes, que comentan que Pujol no es extremo, que Reixach no es extremo, que no tenemos extremos, que Zabala no es medio defensivo, que Ramoní está por estrenar, que no tenemos medio defensivo. Todos los públicos normales y corrientes utilizan a su equipo como un medium en el juego espiritista de trabar relación con la victoria o la derrota. Es un juego sado-masoquista que está en la entraña misma de toda competición, en la que hay un vencedor o un vencido. Y este deporte-espectáculo exige vencedores y vencidos. La prueba es que ante el recurso coexistente del empate se inventaron puntos positivos, para que siempre hubiera un vencedor moral. El equipo del Club de Fútbol Barcelona, del Barça, también actúa como medium, pero me atrevería a decir que, después del contacto espiritista con la victoria o la derrota, queda un ulterior contacto, tan sutil que permanece al nivel de presentimiento; pero sin duda evidente para cualquiera que haya estado en Cataluña no sólo de paso. El medium establece contacto nada más y nada menos que con la propia historia del pueblo catalán. Creo que el temple moral de este espectador incondicional del Barça, y aunque él no lo sepa e incluso Espriu ni siquiera se lo haya planteado, es calcado al del hombre del poema de Espriu: Assaig de Càntic en el temple. El hombre empieza a decir que está cansado de su tierra, que le gustaría alejarse hacia el Norte, donde dicen que la gente es limpia, noble, culta, rica, libre, despierta, feliz. Pero si así lo hiciera, su pueblo le diría: “Como el pájaro que deja el nido, así es el hombre que marcha de su lugar” El hombre nunca se irá, nunca traicionará el pacto entrañable:
“Mas no he de seguir jamás mi sueño
y aquí me quedaré hasta la muerte.
Pues yo también soy cobarde y salvaje
y amo además, con desesperado dolor,
esta mi pobre,
sucia, triste, desgraciada patria.”
Este espectador catalán está muy castigado por la historia. En la supervivencia del Barça se ha consumado uno de los escasos salvamientos del naufragio. Es el Barça la única institución legal que une al hombre de la calle con la Cataluña que pudo haber sido y no fue. Y con este medium mantiene una relación ambivalente de amor y rechazo, de fanatismo y critica despiadada, aunque una y otra vez vuelva, domingo tras domingo, al Nou Camp.
“Mas no he de seguir jamás mi sueño
y aquí me quedaré hasta la muerte”
Dice el cantor de Espriu, e igual podría decir el socio barceIonista porque él ama, precisamente con dolor, a este equipo en el que ha delegado su derecho a la épica.


